La Justicia es derecho, razón, igualdad, imparcialidad, justificación, equidad, rectitud, ecuanimidad, probidad, seriedad, moralidad, conciencia, honradez, entereza y neutralidad; la responsabilidad es obligación, carga, deuda y cumplimiento, garantía, restitución y resarcimiento, compromiso, deber y servidumbre. De allí que la Justicia que no es responsable no es tal, es -en todo caso- un yerro, un error, una equivocación, una ofuscación, un extravío mental, un descarrío, un desvío, un engaño y mas aún, un fraude.
Si quien debe impartir justicia no asume su deber como una carga obligatoria de servir, como una deuda que tiene que cumplir, como una garantía y un compromiso para con el justiciable, entonces, lo más probable es que tampoco sea imparcial, ecuánime, recto, probo, severo, honrado y neutro; será un irracional que viola el derecho a la igualdad, un vasallo del dinero o prebendas inimaginables aunque todas degradantes, revestido de la prepotencia inconfundible de quien pretende ocultar su resentimiento contra sí mismo por su falta de integridad que lo obligó a esconderse de su responsabilidad.
Si por el contrario, no se cree Dios sino un humilde servidor, consciente de que siempre es más lo que se ignora que lo que se sabe, pero con el afán firme y constante de buscar la verdad para poder dar -sin equivocaciones- a cada quien lo que le pertenece, teniendo como hábito inquebrantable conformar sus acciones con la ley, entonces, podemos decir que estamos frente a un hombre que puede impartir justicia responsablemente.
Frente a sus decisiones podrá ejercer algún recurso quien crea que fue perjudicado con el fallo y para el sentenciador será un alivio compartir tan tremenda responsabilidad de impartir justicia, pero vivirá agobiado por la duda si su sentencia es irreversible porque jugó a Dios sin serlo, sabiendo que bien pudo equivocarse porque solo Dios no yerra. Puede ser que algún día se imponga la verdad real diferente a la aparente realidad recogida como fundamento de su fallo y conocerá -con dolor- que cometió una injusticia irremediable. Por el contrario, si fue irresponsable en tomar la decisión, poco le importará y menos si obtuvo alguna compensación -de cualquier índole- porque ya, desde que la recibió, es nadie aunque tenga mucho poder y bienes materiales, pues sólo se es alguien cuando nos bastamos a nosotros mismos y no hemos perdido el conocimiento interior del bien que debemos hacer y del mal que debemos evitar, es decir, no hemos perdido la conciencia. Aunque todos sabemos que, hasta en lo más profundo y oculto de nuestros pensamientos, lo que es bueno y lo que es malo. Lo demás es sinvergüenzura.
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